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¿Qué es para mí tener un hijo prematuro?

Hoy, 14 de Febrero, se celebra el día mundial del amor y la amistad y desde Pequeños Grandes Héroes compartimos un tesoro que nos llegó a través de nuestra Tribu. Una de las madres de nuestro grupo de apoyo gratuito se inspiró el Día del Prematuro y decidió escribir una carta con su experiencia. La compartió con nosotras y nada más leerla sabíamos que teníamos que compartirla con el mundo, pues describe de forma emotiva y muy real lo que significa ser madre de una hija prematura.

Esperamos que os guste y a ti, Belén, muchas gracias por dejarnos publicar esta muestra de amor verdadero tanto a la vida como a la maternidad.

 

¿Qué es para mí tener una hija prematura?

 

Nadie te prepara para ser padres de un bebé prematuro. En el mejor de los casos puede que la prematuridad para ti no fuese del todo desconocida, como me ocurrió a mí. Pero desde el principio de este viaje me di cuenta de que la mayoría de la gente cree que nacer de forma prematura supone “solo” coger el peso que les falta, que los días pasen y que podáis iros a casa. Pero llegar antes de tiempo a este mundo loco trae consigo un montón de riesgos e incertidumbres. Tras el shock inicial es probable que sientas que el mundo se te cae encima y que empieza un nuevo y desconocido camino que supone una maternidad completamente diferente. Para mí ha sido un torbellino de emociones, vivencias y aprendizajes, porque de todo se aprende y una experiencia así sin duda marca un antes y un después en tu vida.

 

Primeramente, supone atravesar un duelo (que muchas veces la sociedad tenderá a minimizar o a obviar, como suele ocurrir hoy en día cuando el sufrimiento aparece en escena), porque nada de lo que habías imaginado para tu bebé, para tu embarazo, para tu parto o para vuestra llegada a casa, sucederá como pensabas. Y puede que incluso vengas de un embarazo complicado, con visitas a urgencias, con pánico cada vez que vas al cuarto de baño, en el que los miedos no hayan dejado que quites el freno de mano…Y quizá justo cuando te lo empezabas a creer, cuando empezabas a disfrutarlo, recibes la noticia y escuchas aquello de “amenaza de parto prematuro”…Que en el 80% de los casos se quedan en eso, en amenazas…Pero las estadísticas están ahí: 1 de cada 10 bebés que nacen es prematuro y la prematuridad es una de las primeras causas de mortalidad infantil.

 

Y junto el equipo médico haces todo lo posible por aguantar a tu bebé dentro. Atosibán para frenar las contracciones, corticoides para la maduración pulmonar, sulfato de magnesio para la protección neuronal… Cada día dentro de ti llega a ser un triunfo, un seguro de vida para tu bebé. Pero a veces hay que dejar que la naturaleza siga su curso… Y en el caso de otros bebés, por desgracia no tienen siquiera esa tregua de días, de horas, de inyecciones que les hacen madurar a contrarreloj… Y una revisión rutinaria puede convertirse en una cesárea de urgencia
en la que no hay capacidad de reacción.

 

Y en medio de ese miedo llega tu hija demostrándote que la vida es un milagro y que se quiere aferrar a ella con uñas y dientes, porque se puede ser muy fuerte siendo
muy frágil.

 

prematura

 

Ser madre de un bebé prematuro es dar a luz llena de miedos y asombrarse de cómo se puede querer tanto a alguien tan pequeño. Es en muchos casos no escuchar llorar a tu bebé. Es desear hacer piel con piel pero querer que se lo lleven para asegurarse de cómo está. Es pasar a un segundo plano porque aquí lo que importa es que tu hijo salga adelante y te olvidas del posparto, aunque las hormonas no dejen de recordártelo. Es irte a casa tras el alta con un vacío inmenso y sentir que una parte de ti no se puede ir contigo. Es vivir en la UCIN y sufrir las tensiones propias de un lugar así y que tu cabeza sea incapaz de gestionar cosas más allá de esos muros. Es darle otro sentido a los verbos estar, acompañar, contemplar, cuando por circunstancias no puedes coger a tu bebé. Es experimentar una conexión salvaje y tierna durante todas las horas que pasas haciendo canguro, sintiendo el calor de su diminuto cuerpo y sabiendo que es lo mejor que puedes hacer por él. Es sentirte especial por poder contribuir así a su desarrollo.

 

hija prematura

 

Es llegar cada mañana al hospital con la esperanza de saber que un día más es un día menos, pero ser conscientes de que hay pasitos para adelante y otros para atrás. Es tragar saliva con cada prueba y parte médico. Es celebrar cada victoria, cada gramo ganado. Es no poder evitar pensar en las posibles secuelas. Es plantearte si lo estás haciendo bien, es cuestionarte si se podía haber evitado, o incluso, a lo peor, es sentirte culpable por no haberlo podido gestar hasta el final. Es contagiarte de su fuerza cuando las tuyas flaquean.

 

Es irte cada noche a casa con el corazón en un puño. Es encomendarle a su ángel de la guarda que le cuide hasta mañana. Es “hoy mejor me quedo más porque no me voy tranquila”. Es llamar de madrugada para saber cómo está. Es despertarte con angustia porque con tanto tubo y gorro no recuerdas cómo es su preciosa cara. Es acostumbrarte a tener el corazón dividido porque tienes otro hijo y buscas cada día la mejor manera de hacerle partícipe del proceso, sin dejarle de lado, pero sintiéndote mal por no poder estar con uno de los dos.

 

Es aumentar tu glosario médico y sacarte un máster en enfermería. Es rodearte de ángeles que te ceden el protagonismo y te enseñan a ser los principales cuidadores de tu hijo, aunque aún no estéis en casa. Es sobresaltarte con cada pitido del monitor. Es angustiarte por cada pausa que hace, cuando los segundos se hacen eternos. Es emocionarte cuando consigue respirar solo, es decepcionarte cuando vuelve a necesitar soporte. Es desear escucharle llorar con algo de fuerza.

 

Es la frialdad de la lactancia diferida, de vivir pegada a un sacaleches, de ponerte la alarma por las noches en lugar de que tu bebé te despierte, de escuchar el ruido de un aparato en lugar del de la succión de tu bebé. Es la maravilla de poder regalarle su alimento y que sea medicina. Es poder ser útil y ayudar a otros bebés que lo necesiten. Es impresionarte porque ya come 3ml en una hora y media. Es preocuparte porque ha vomitado. Es el pavor a darle el biberón y que se ahogue otra vez. Es “acostumbrarte” a ver a tu hijo de todos los colores. Es la emoción de quitarle la sonda. Es la pesadilla de volvérsela a poner. Es el día de la marmota. Es el “ya sí pero todavía no”. Es la escuela de la paciencia y la resiliencia. Es comprender la grandeza de la naturaleza humana y comprobar que todo en nuestro cuerpo tiene un sentido y un orden.

 

bebe prematura

 

Es la satisfacción de que tanto esfuerzo dio su fruto. Es llorar de emoción cuando por fin puedes darle el pecho. Es llorar por todo porque las emociones te desbordan. Es rezar cada día para que siga mejorando. Es soñar con la palabra “alta”. Es morirte de miedo y de felicidad cuando su médico la pronuncia. Es ser consciente de que no todos lo logran. Es no querer esconder esa realidad ni minimizar su dolor. Es sufrir con otros padres cuando su bebé parte al cielo. Es vivir dando gracias a Dios por cada segundo que está con nosotros. Es cruzar la puerta del hospital triunfante con ella, esta vez sí. Es comenzar una nueva etapa con ilusión y con nuevos miedos.

 

Es acostumbrarse a otras primeras veces, es adaptarse a una nueva realidad y repetirte que todo irá bien. Es la congoja de saber si respira y el vértigo de no tener monitores. Es la seguridad de que sabremos reaccionar. Es comprobar que así es. Es no querer tener que comprobarlo más.

 

Es la felicidad de despertarte y que esté ahí. Es el orgullo inmenso de ser su madre. Es pellizcarte porque aún te cuesta creértelo. Es no dejar de escuchar sus ruiditos tan característicos. Es no saber cómo actuar en ocasiones aun sabiendo que tus prioridades han cambiado. Es querer enseñársela a todo el mundo y a la vez un instinto animal de protegerla. Es no saber qué responder cuándo te preguntan “¿qué tiempo tiene?”. Es no querer sobreprotegerla ni tampoco querer ser unos insensatos. Es encontrarte a veces con cierta falta de empatía. Es procurar fiarte de tu instinto y de tu sentido común. Es conectar con otros padres que han pasado por lo mismo y pueden comprenderte. Es hacer tuyos sus sufrimientos y alegrías.

 

Es empezar una nueva maratón de revisiones médicas y terapias. Es trabajar en casa los ejercicios que te mandan. Es encontrarte con profesionales maravillosos, algunos con un trabajo quizá más desconocido, pero que suponen una pieza clave en el desarrollo de tu hijo. Es celebrar cada hito que va cumpliendo e intentar no agobiarte por los que tardan en llegar ni por su ganancia de peso. Es esforzarte por no comparar. Es aprender de ella y respetar el ritmo que va marcando.

 

Es la suerte de tener muchos meses de bebé. Es el vértigo de lo rápido que pasa el tiempo. Es la sensación de que el invierno es demasiado frío y largo. Es el pavor a los virus. Es echar la vista atrás y sentirte orgullosa de lo que habéis logrado. Es revivirlo todo en cada fecha y volverte a emocionar. Es conmoverte cada vez que le miras y ver brillar la vida en sus ojos.

 

Es nuestra historia, querida hija, y la manera en que llegaste apresuradamente al mundo. Podría haber sido de otra manera, pero Dios tenía este plan para ti y quiso que yo fuera tu madre. Y yo no me cansaré de agradecérselo. Gracias por recordarnos que la vida es un milagro. Gracias por ser nuestro pequeño gran milagro.

 

Firmado: Tu madre, Belén.R.P.

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¡Hola! Soy Laura

Madre de dos pequeños terremotos. Mi viaje por el mundo de los bebés prematuros comenzó hace 5 años, cuando nació mi Pequeño Gran Héroe. Desde entonces me he enfrentado a incontables retos y he salido transformada y agradecida a la vida. Porque ahora sé que mi misión es ayudar a otras madres (y padres) de bebés prematuros.
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