Mi Ángel de la Guarda

Y todo empezó un día por mera casualidad. En la sala de lactancia de unos grandes almacenes. Así fue mi caso, y así me estoy dando cuenta de que sucede en la mayoría de ocasiones.

No recuerdo el día exacto, pero sé que fue al poco tiempo de salir del hospital, antes incluso de la fecha en que mi pequeño prematuro debía haber nacido. Por aquella época pesaba unos 2,5 kilos, así que cómo podéis imaginar su tamaño era más bien de un bebé que acababa de llegar al mundo, a pesar de que tenía ya dos meses aproximadamente.

Yo estaba en el ascensor de estos grandes almacenes cuando entró una mamá con su hijo, de aproximadamente un año, y nos pusimos a hablar de aquello que nos tocaba entonces más de cerca: la maternidad, claro. Me contó que había tenido dos mellizos y al poco tiempo se había quedado embarazada de su tercer hijo. Confesó con humor que lo suyo había sido casi un caso de trillizos y yo, la verdad, sudaba sólo de pensarlo… Miró a Pedro y, como su tamaño le llamó la atención, enseguida me preguntó aquello que todo el mundo me preguntaba: «¿Es recién nacido? ¿Cuántos días tiene?». ¡Bendita pregunta, en este caso!

Mi punto de partida

Por aquel entonces yo era una completa novata en el arte de ser madre de un bebé prematuro, así que solía responder a aquellas preguntas con explicaciones y justificaciones de este tipo: «Bueno, tiene dos meses y medio, pero es tan pequeñito porque ha nacido prematuro….». En general la gente suele volver a mirar y hacer algún comentario cariñoso al respecto. Pero aquella chica, lejos de mirarme de forma condescendiente o lastimera, buscó la forma de ayudarme de verdad, y abrió una ventana hacia un mundo que para mí era entonces tan desconocido como vital y necesario. No sé su nombre, ni recuerdo apenas su cara, pero le estoy inmensamente agradecida. Fue mi punto de partida, la que sembró en mí su granito de arena, gracias a lo cual yo tuve un hilo del que tirar. Mi Ángel de la Guarda.

Más tarde nos volvimos a encontrar en la sala de lactancia de aquellos grandes almacenes. Desde luego el destino estaba llamando a mi puerta. Y fue allí donde me pinceló las diversas ayudas que podía solicitar en mi situación, dos de las cuales se grabaron en mi memoria: discapacidad y excedencia remunerada. Yo no salía de mi asombro. ¿Cómo es posible que, después de un mes y medio en una UCI neonatal, nadie me hubiera informado de esto? Y con ello no critico el trabajo de médicos y enfermeras, que ya hacen suficiente con sacar adelante a estos Pequeños Grandes Héroes y son los auténticos Magos de nuestro cuento. Pero, ¿nadie en el hospital era responsable de informar a las familias sobre los derechos que les corresponden en estos casos?

Recuerdo estar nerviosa por querer saber más: ¿por dónde podía empezar? ¿Quién me podía informar? Le pregunté cómo sabía ella todo esto y a quién había acudido para informarse. Mi Ángel respondió que lo sabía porque trabajaba en sanidad; que debía hablar con la trabajadora social del centro de salud, quien me informaría al respecto. Y mientras mi Pequeño Gran Héroe seguía luchando por adaptarse al mundo, yo, su madre, empecé otra lucha no menos intensa, la de conseguir la información que me permitiera asegurarle a él las mejores condiciones en sus primeros y difíciles meses de vida.

¡Te lo cuento en el próximo post!

Gracias «Mi Ángel de la Guarda» por haberte cruzado en mi vida, por haberte fijado en mi hijo y por querer ayudarme. Tú fuiste mi punto de partida.

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2 Replies to “Mi Ángel de la Guarda”

  1. Gracias!
    Es increíble la desinformación hoy en día, pero así es…
    Hacen tan complejo tirar de un hilo, y hay tantos, que cualquiera tira la toalla antes de llegar a la meta.
    Será su objetivo!?

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